Artomaña Txakolina fue fundada en 1988 para recuperar la producción tradicional de txakoli en Álava. En medio del pintoresco Valle de Arrastaria, más de 20 hectáreas de viñedos producen vinos con carácter, notas florales, afrutadas y minerales. Su frescura y elegancia lo convierten en el acompañamiento perfecto de pescados y mariscos.
En 1988 se inició un ambicioso proyecto para recuperar la tradición del Txakoli en Álava cuando Eugenio Álava sentó las bases de la actual bodega plantando seis hectáreas de viñedo. Con el objetivo de establecer unos criterios claros de calidad para el cultivo y la vinificación, la bodega jugó un papel decisivo en la creación de la denominación de origen protegida Arabako Txakolina. Con el paso de los años, la superficie de viñedo creció hasta superar las 20 hectáreas, consolidándose como el principal productor de uva de la región. En 2005 se inicia una nueva era con la construcción de una moderna bodega que combina las últimas tecnologías con métodos probados para desarrollar todo el potencial de las variedades de uva locales.
En el Valle de Arrastaria-Orduña, a más de 300 metros de altitud, las viñas de Artomaña Txakolina crecen en unas condiciones climáticas únicas. La proximidad al mar Cantábrico y la protección que proporcionan las imponentes paredes calizas de Gorobel-Sierra Salvada, con un desnivel superior a 500 metros, crean un microclima ideal para el cultivo del Txakoli. Los suelos aluviales profundos, de textura franco-arcillosa o franco-limosa, confieren a los vinos una personalidad distintiva. Hondarrabi Zuri, Petit Manseng, Petit Corbu y Gros Manseng crecen en las mejores ubicaciones como Juanito, La Estación, Cascajo, Larrain y La Balco, cultivadas con sumo cuidado para conservar su frescura y elegancia.
En la bodega, el maestro bodeguero Mariano Álava apuesta por una elaboración suave para preservar los aromas característicos de la uva. La vendimia se realiza de forma manual, seguida de una criomaceración para evitar oxidaciones y extraer los aromas y componentes estructurales. Tras la sedimentación del mosto, el vino puede madurar sobre lías finas, según la decisión enológica, lo que afina su complejidad y textura. Una filtración final prepara el vino para la crianza en botella, preservando su estructura clara y su acidez viva.